Monday, January 25, 2010
El viaje... un long long day...
Es un record intimo, en todo caso...
LLegar al Auropuerto ya no significaba tanto... en el ultimo mes habia estado viajando a varias ciudades distantes por temas de trabajo, asi que ya estaba curado de espanto, como se decimos en sur... y por lo mismo, la situacion me era algo familiar... era el inicio de nuestras ansiadas vacaciones, y nos habiamos decidido a saltar el oceano... en la despedida, los abrazos de rigor, la emocion natural fluyendo, las promesas de escribir, las fotos, las manos agitandose a la entrada de policia internacional para los timbres correspondientes en la papeleta amarilla... en fin, hacer filas iba a ser una costumbre en esta situacion en transito... y finalmente tomar ubicacion en los asientos...
He aqui que comenzarian las peculiaridades, por llamarlas de alguna manera... primero, el avion estaba lleno hasta las banderas... habia demasiada gente en ese brevisimo espacio, por lo que el aire algo viciado, empezaba a elevar la temperatura de manera vertiginosa... y el resultado, pues el esperado... ponerse a sudar como chanco (asi como para que nos colgaran el anuncio de sudacas, y casi con justa razon) y a mirar hacia los costados por lo sofocante de la espera al encendido de los motores, lo cual iba a activar el tan codiciado aire acondicionado... algo que encunetro en este minuto fundamental...
Nuestro espacio era breve, un tipo obeso (que alivio de que yo sea bordito apenas) jamas iba a caber en ese diminuto parentesis, y para colmo, demasiado pegado al asiento delantero... la sensacion era de que al mover el respaldo hacia atras, la cabeza de uno iba a quedar en la nariz del pobre sujeto de atras... la incomodidad total, ahora alcanzo a comprender aquello de las bromas con la clase turista... bussines economy, o algo asi... ninguna comparacion con los espacios de los privilegiados, de aquellos que por pagar unos dolares de mas, tienen derecho a lo que cualquiera pudiera encontrar como un espacio digno... en fin...
A esas alturas, sin que todavia se encendieran ni los motores, la putrefaccion era total (algo que a mi mujer le iba a costar caro durante el trayecto). Un tipo, solo un sujeto, nos tenia con las amigdalas constrenhidas con su olor a "ala", lo cual dada la circunstancia era una ironia en estado gravisimo... resultado: la espera se hacia insostenible, varios pasajeros comentaron la dificil situacion y no fueron pocos los reclamos relativos al aire acondicionado, debido a lo agobiante de la situacion...
Hasta que por fin, levantamos vuelo, y pudimos sentirnos inmersos en el vertigo del sujeto en transito... dormir?, claro que baia que dormir... era de noche, no estaba cerca de las diminutas ventanas, asi lo aconsejable era dormir... para ello, durante la cena bebi dos vasos de vino, y para rematar, con el aperitivo me lance dos whiskachos seguidos. La idea es que habia que estimular el suenho...
Orfeo fue benigno con nosotros, nos dio hermosos suenhos por un total de 9 horas seguidas... lo malo, es que me dolia la espalda, no cabia la simple posibilidad de encontrar algo grato el respaldo... resultado: las horas de suenho no fueron sinonimos de descanso...
Pero despertamos para ver una pelicula, o bien escuchar algo de musica... el tenempie aparecio luego, asi que la cosa no siguio tan fome... al dormirnos se nos olvido en parte lo poderoso de los aromas circundantes (justo tenia que estar ese tipo detras de nuestros asientos!!!... me pregunto, no podria haber quedado ubicado mas hacia el final del avion, acaso detras de los banhos???)... pero al despertar, mi mujer debio realizar varios ejercicios de disciplina estomacal para no caer en las arcadas en ese mismo momento y lugar... pero la determinacion no duro mucho... entre las turbulencias pasajeras y los "aromas", toda disciplina hubo de sucumbir al destino vomitistico, con los consiguientes malestares, asi que el trayecto se transformo para ella en algo horroroso e interminable.
El avion por fin llego a Nueva Zelandia, luego de 13 horas aprox... por fin bajar, estirar las piernas un poco, la espalda... algo tan simple como... respirar!!!!... bajamos nuestras cosas para las inspecciones de rigor, y caminamos a traves de unos pasillos, era de noche, y todo tenia luz artificial... (si contamos con que nuestro avion habia despegado a las 11:30 de la noche anterior, podia concluir con que habia vivido la noche mas larga de mi vida, sumando las 13 horas de vuelo de noche continuada)... en los controles mi sorpresa fue mayuscula al darme cuenta de que podia entender algo de cuanto me decian, lo cual probaba que mi ingles no era tan malo como yo pensaba... y hasta podia responder de manera basica... o arquetipica... pero los neozelandeses se ensanharon conmigo, y hasta fui objeto de escaneos con juguetitos de mano, y de estar de pie para que me revisaran de frente y de espalda... bueno, que diantres, estos tipos solo estan haciendo bien su trabajo...
Luego, a los pasillos del Airport... a lavarse los dientes, la cara, a orinar con algo de tranquilidad terrestre... y ahi mismo, el primer golpe con la diversidad racial: muchos asiaticos... gringuitos por todos lados, hindues, etc... hasta negros... de pronto me senti como en una extranha babilonia... pequenhita, y a oscuras...
Hicimos algo de hora en la espera, y luego a la puerta de embarque para abordar -curiosamente- el mismo avion, pero con diferente tripulacion... el alivio seria muuy muy grande al darnos cuenta de que el tipo de las alas podridas no estaba en su asiento... algo ya me habia dicho mi nariz al caminar por mis pasillos, pero con un nuevo Tomas, quise cerciorarme a traves del ejercicio factico de la observacion... uf!!!, que alivio mas grande...
La larga noche se comenzo a destenhir... y el alba, de manera floja y displicente, comenzo a clarear...
Fueron 3 horas mas de vuelo hasta Sidney... nos trajeron desayuno... y a los minutos, intentamos nuevamente el suenho... esta vez, la fortuna hizo caso omiso, y debimos luchar con nuestro estomago debido a las turbulencias (mi mujer no pudo con la agresividad de sus jugos gastricos, y realmente lo paso muy muy mal...
Y entre mareos permanentes por fin llegamos a destino... al bajar para cambiar de vuelo, debimos ir a buscar nuestro equipaje, y caminar, caminar, y caminar hasta el lugar donde debiamos registrarnos como personalidades anonimas en ingreso al pais... nuevamente me asombro la diversidad racial, pero en escala mayuscula, esta babilonia si que era mas grande y se podia escucha entre los viajantes, palabras en frances, ingles, italiano, lenguas asiaticas de variado tipo y origen (y que por supuesto, yo no sabia identificar)...
Al salir con el equipaje a los pasillos, la primera urgencia eran los banhos, lavarse un poco, cambiarse de polera, tomar luego un cafe, y mirar un poco el panorama... quedaban tres horas de espera... saimos fuera del aeropuerto... le pedi fuego a un tipo de rasgos asiaticos, le hable en mi ingles instrumental, el me resondio con sonidos de un ingles que no podia identificar, pero con una sonrisa, me extendio un encendedor y supe que mi esfuerzo habia surtido efecto... le di las gracias, me hablo con dos o tres frases mas, sonrei diplomaticamente... y deslice mis pasos hasta unos asientos donde habia ademas un cenicero...
El momento se fue bastante rapido, la manhana estaba fresca, y el aire maravilloso, una brisa nos acomodaba el corazon hacia adentro, hasta que de pronto cai en la emocion de todo este gran salto... estaba al otro lado del Pacifico Mar...
Y aun nos quedaba que tomar un pequenho avion para llegar, por fin, a Canberra...
Friday, July 18, 2008
Carta de presentación de Sergio Hernández Romero al Premio Nacional de Literatura 2008.
Sres. Jurado,
De nuestra consideración:
Tenemos a bien realizar la presentación de Sergio Hernández Romero al Premio Nacional de Literatura del presente año, en honor a los innumerables méritos que el Poeta tiene a su haber, en la que ha sido una incansable labor dedicada a las letras tanto en el ámbito de la creación literaria como en el de los estudios académicos.
Sergio Hernández nace en la ciudad de Chillán en 1931 y es parte de la denominada generación del 50. Estudia Pedagogía en Castellano en el Pedagógico de
Desde sus primeras incursiones, Hernández destaca como un Poeta de excepción. Lo confirman los comentarios que le dedican Alone, Ricardo Latcham, Raúl Silva Castro, Benjamín Subercaseaux, Andrés Sabella, Mario Bahamondes, Carlos René Correa, Ignacio Valente, Jaime Valdivieso, Fernando Quilodrán, Mario Rodríguez y tantos otros más.
Sumado a esto, es necesario mencionar su larga trayectoria como Profesor de Literatura en diversos planteles universitarios a través de nuestro país:
Entre sus premios más relevantes se encuentra el haber recibido el Premio Municipal de Arte de Chillán (1968), el Premio Luis Tello de
Hernández es una de las voces mayores de la poesía chilena en la actualidad. Su obra está siendo objeto de preocupación y estudio, tanto dentro como fuera de nuestro país. Un autor que no se ha promocionado, que no ha desarrollado un trabajo de auto-publicidad cae indefectiblemente en el olvido. Más, si su opción de vida le impone vivir y deambular en la provincia de nuestro país. No obstante lo anterior, Hernández ha sabido mantenerse dentro de una saludable vigencia, hecho que le ha permitido ser depositario del afectuoso rescate y el interés de las generaciones jóvenes ligadas al mundo de las universidades y el arte (véase por ejemplo, la página web que le creó
Su trazo poético que huye del excesivo retoricismo, trabaja en torno al material vivencial, haciendo gala de un lirismo puro y coloquial, transformando sus textos en mensajes de profunda humanización. Sus temáticas son variadas: vida, muerte, amor, existencialismo, infancia, etc. Jamás cede en su empeño a la reflexión y a la búsqueda de la belleza que refleja la sencillez en el habla, hecho que le ha permitido lograr la universalidad a través de un discurso que de manera transversal, puede ser leído, entendido y disfrutado por cualquier lector, en cualquier latitud, no sólo de nuestro país, si no del mundo.
La aparición de su obra, se completa con la publicación de “Últimas señales” (1979), su libro “Adivinanzas”, construido especialmente para niños y que ha visto varias re-ediciones (1978, 1998 y 2005), además de las versiones antológicas como “Quebrantos y testimonios” publicado en México en 1993, y “Sol de invierno” publicada por
Por todo lo anteriormente expuesto, es que tenemos el honor de presentar la candidatura del poeta Sergio Hernández Romero al Premio Nacional de Literatura 2008, como una forma de merecido homenaje a su obra y trayectoria realizada y construida desde la provincia de nuestro país.
Firmaron este documento:
Elgar Utreras Solano, Director de Ortiga Ediciones.
Diana De la Fuente Ortega, Relacionadora Pública de Ortiga Ediciones.
Hugo Quintana, Editor de Ortiga Ediciones.
Friday, June 20, 2008
Un poeta de provincia.
Personalmente, prefiero a aquellos poetas que son capaces de vivir la vida sin tanto sobresalto o ademán inútil, aquellos que no andan por ahí con la siempre discutible intención de atraer el ojo de cualquier lector en época de vacaciones. Prefiero los poetas que detestan el ruido excesivo, que escriben desde cualquier lugar íntimo, reducido, y que jamás transan sus humanidades para conseguir algo de figuración pasajera. Prefiero los poetas sin segundas motivaciones.
Y Sergio Hernández (Chillán, 1931) es un fiel representante de aquesta noble estirpe. Hernández es uno de esos poetas huidizos que se escabullen con facilidad, en una acción casi tránsfuga del que ha preferido esconderse en la provincia de nuestro país, una acción del que ha querido ausentarse de todo el tráfago constante en la que ha devenido el ejercicio de nuestra literatura.
Hernández es un poeta del “casi” silencio, con una obra pequeña (de libros, de páginas), pero de gran altura y al mismo tiempo profundidad en cuanto a su dimensión humana, que por carecer de una “auto” promoción, o promoción (a secas), no ha recibido la atención de los frenéticos lectores de las grandes urbes, pasando –lamentablemente- desapercibida, inmutable, totalmente inexistente para una gran mayoría.
Muchos poetas jóvenes y varios no tan jóvenes, nunca le han oído mencionar siquiera. Y su aporte corre el riesgo de ser desatendido o subvalorado.
En algunas ocasiones, incluso hasta se puede hablar de mezquindad. El poeta, el profesor de literatura que integrara los planteles de ciudades como Valdivia, Antofagasta, Valparaíso, Talca o Chillán, actualmente, es un “desconocido” para buena parte de nuestro país, y por lo mismo, se le ha negado el lugar de relevancia que debiese ocupar dentro de nuestra galería poética.
No son pocos los “notables” que se han referido a su poesía, desde el mismo prólogo que le escribiera Pablo Neruda a su libro “Registro” (Editorial Nascimento, 1965), a las notas hechas por Alone, Jaime Valdivieso, Mario Rodríguez, Hernán Lavín Cerda, etc. Es alguien que cuenta con el respeto y el cariño fraternal de varios importantes poetas y escritores nacionales -cosa que he podido constatar directamente-, pero también es alguien a quien se le restan méritos con demasiada liviandad a la hora de considerarlo como una de las voces mayores de nuestra poesía. Una paradoja absurda que –en cualquier caso- todavía no he podido masticar.
Quisiera que al minuto de citar nombres para un Premio Nacional de Literatura, pues apareciese entre los “posibles”, aunque sé demasiado bien que por no andar “candidatéandose”, nunca va a estar entre los 5 autores que siempre saltan a la palestra. ¿Cuál sería entonces el camino a seguir para que hubiese algo más de justicia para con su obra?.
La primera “defensa” que me veo en el deber de levantar es el tema de la extensión, porque Hernández -efectivamente- ha desarrollado una obra breve, pero no menos importante. No son pocos los casos de autores que con una escasa obra, han inscrito sus nombres como “grandes” dentro de la memoria universal de la literatura: Jorge Manrique o Juan Rulfo, son dos ejemplos de lo anterior.
Han sabido manejar muy bien lo que han escrito, han estado conscientes, han tenido la prudencia para dejar salir, para imprimir estrictamente lo necesario, lo que ellos han encontrado útil hacer público. Esa extraña lucidez les ha permitido adquirir un peso, una relevancia en el contexto de la literatura universal; pero a Hernández, a la hora del “ruido”, pues le ha jugado en contra, debido a que precisamente estamos en una era donde la publicidad lo es todo.
Un segundo punto de vista, dice relación con la influencia, la prestancia que tiene como sujeto, la cercanía de la que es capaz para dialogar o participar en un intercambio de ideas, cosa que es tremendamente interesante para las generaciones jóvenes. Quizás si el maestro, el profesor universitario se deja entrever en esta actitud, en esta perseverancia. Jamás he oído de alguien a quien Hernández, no haya prestado la debida atención, respondiendo cuanta pregunta o inquietud se exponga en materia de literatura o de otras corrientes de conocimiento, convirtiéndose -virtualmente- en una suerte de puente, de vínculo con la memoria histórica que este país -en muchas ocasiones- se empecina en ignorar.
Sus palabras siempre fueron objeto de aprendizaje. Digo esto, como alumno, como discípulo suyo, en algo que él –afectuosamente- denominó como la “poetansia”, grupo que integráramos Jorge Rosas, Pablo Troncoso, Elgar Utreras y quien suscribe este comentario. El factor estilístico de la construcción poética, el tono, la manera de educar y flexibilizar la pluma. El ritmo, la melodía, el contenido y su misión esclarecedora, todas grandes preocupaciones del experimentado poeta. Nada de ripios intelectualistas, nada de “literaturismo” vano, nada de citas para el aplauso, el ego del que confunde poesía con la obsesión de hacerse de un nombre para ganar una superflua relevancia.
Nos convirtió, con la sencillez del agua o del viento, en sujetos de acción de arte, en buscadores fervorosos de esa condición de la humanidad, lo sublime y lo bello como estandartes.
El tercer punto de vista tiene que ver con su verso propiamente tal. Un verso limpio, sonoro, entendible y digerible. Un verso que no renuncia jamás al lirismo, pero con un lenguaje común, cotidiano. Un lenguaje que aspira a la riqueza semántica de la sencillez, sin caer en lo pedestre. Es tanta su habilidad que lo que dice puede ser comprendido por cualquiera y jamás renuncia a la profundidad, incluso de naturaleza filosófica, ya que él mismo confiesa ser un heredero y admirador de autores existencialistas como Jean Paul Sartre o Albert Camus.
El ademán de sus trazos da con naturalidad en el blanco. No fuerza la mano, ni la garganta. Desde “Cantos de Pan”, su primer libro de poemas, hasta “Las Adivinanzas”, es capaz de mantener unidad en el tono.
El cuarto punto dice relación con una acusación sin fundamento alguno. Son muchos los que restan notoriedad al insigne chillanejo, debido a que supuestamente no es un poeta en ejercicio, o sea, con producción actual, que esté escribiendo y que nos vaya a sorprender con una nueva entrega. Sus libros más recientes son –en efecto- versiones antológicas, como “Sol de Invierno”, la hermosa edición que le hizo
Hernández escribe, en realidad, pero deja salir muy poco, acaso un par de textos en homenaje a alguno de sus amigos y compañeros de generación, como los poemas dedicados a Enrique Linh o a Jorge Teillier –ambos fallecidos-, o el texto dedicado a Nicanor Parra que fue escrito en ocasión de un viaje del Antipoeta (en 1996) a su pueblo natal: San Fabián de Alico, que se encuentra en la citada antología, o un par de aportaciones hechas en un par de revistas universitarias de restringida circulación.
Escribe poco, y deja salir mucho menos. Es un autor decididamente de la síntesis poética, y no abruma a los lectores con “mamotretos” –como él mismo sostiene-, ni se ha dedicado a lanzar refritos de sus propios poemas, para mantenerse en la baranda de algún altar o proscenio.
Hay muchas razones más para respaldar la necesidad de corregir esta falta, esta omisión que se ha fraguado en torno a la figura y la obra de Sergio Hernández, el requerimiento urgente y decidido de hacer la justicia debida para con el insigne poeta de provincia, aquel que debiese ser rescatado, leído, estudiado como corresponde, y con ello, los reconocimientos, la admiración de quienes conservamos el fragmento prístino de la poiesis.
Y podríamos argumentar todavía más, y no sería una desmesura este gesto; pero es también imprescindible dejar espacio para que el lector decida, y para ello recomendamos la página que le construyó
Por el momento, hacemos un guiño con un par de muestras de su factura.
ACUARIO
Mi infancia es un acuario inaccesible
un ebrio país de trompos y palomas
al que es preciso llegar con traje blanco
en una mañana azul
de sol volcado
yo no daría ya con los caminos
pero recuerdo algunas cosas
bandas de circo
en tardes de novena
noches de riñas y cansancios
dando conmigo en un desfondado sueño
sin contorno
cuando pasaba el regimiento
abandonaba mis juguetes rotos
y era mi corazón
todo mi cuerpo
después
vino la bruma en espirales
un día
mi madre y los guijarros
dieron un seco ruido de infinito
el tiempo frente a mí empuñó las manos
Soltó pájaros negros en mis ojos
y un trozo de sol
cayó entre los labios
La tarde es un sollozo contenido
mi infancia
es un acuario.
ESTÁ BIEN
Está bien
está bien
todo está bien
sólo que el hambre mata niños
y en la oscura humedad
crecen los muertos
y sin embargo está bien todo
y es grato haber llorado entre cipreses
embriagarse de tiempo
refrescar con amigos y cerveza
las blancas noches de verano
anclar el corazón en algún puerto
incorporar un poco de sol
al alma que habitamos
entretejer de amor
las noches y los días
y sobre todo pensar
que aún pertenecemos
a esta pequeña parte de la muerte
que hemos llamamos vida.
Sergio Hernández (Chillán 1931).
Thursday, March 20, 2008
“NN”, de Julio Espinosa Guerra: ¿hablamos entonces, de un autor adelantado?
Ahí queda, agazapado, escondido en una oscuridad innombrable a la cual se le relega, por el temor de que en alguna casualidad, pueda ser des-cubierto. El dolor es una suerte de grito ciego que se queda entre nosotros, como fantasma, como un agua estancada, pudriéndose, desgastando e infestando la realidad que queda, socavándola de a poco, desmigándola de la manera más cruel que pueda imaginarse.
Hablo del dolor que provoca la desaparición de personas –no del dolorcito ni del malestar inconveniente que son siempre cosas pasajeras-. La muerte, la extinción de una vida humana es un eco en el universo, un llanto que mueve a todas las estrellas y que deja un vacío que ni siquiera puede ser llenado con la “nada”.
La única posibilidad para el dolor es alguien que sepa escuchar o percibir el horror que lleva en el interior de sus vibraciones. Y eso requiere de una valentía enorme, una fe del tamaño de un océano, porque el riesgo evidente es el de rodar cuestabajo con toda la amargura acumulada que el dolor encierra entre sus ojos.
La mejor manera de salir de aquella encrucijada es el perdón. No el perdón barato que se ventila entre los pasillos de los tribunales que huele más a acuerdo político que a la esencia misma del arrepentimiento. No. El perdón del que hablamos tarda todavía más. Habría que pasar por un proceso evolutivo primero, y en este planeta son demasiados los que no están ni estarán nunca dispuestos a ello, a la mera posibilidad de alguna evolución.
Digo esto para iniciar este comentario, porque me parece que lo que se encuentra enquistado en el libro “NN” de Julio Espinosa Guerra, comienza precisamente por ello, por una realidad brutal que vivió nuestro país, y de la cual mucho se ha hablado, pero que pocos han asumido verdaderamente, sobre todo para proponer una respuesta que se encuentre a la altura de las circunstancias, y a saber, sólo un par de cosas me quedan en la retina: “Morir en Berlín” y “Tejas Verdes”. Eso sí –cabe apuntar-, cito estas dos obras sin menospreciar todos los otros esfuerzos, todo el trabajo invertido por gente que sufrió de frente el impacto de ese brutalidad.
Pero la gran literatura no se escribe con buenas intenciones –hay libros grandiosos que son hasta cuestionables desde el punto de vista ético, y aún así, continúan sobreviviendo, maravillando a nuevos lectores-. La gran literatura requiere de cosas indefinibles que es mejor no revelar a través de las palabras, porque de otro modo, perdería la hermosura de su encanto. La gran literatura es obra del trabajo, de una fe comparable con la de un iceberg, el empeño y la pizca de talento que alguien haya invertido, con la paciencia del viento o de la lluvia.
Es ahí mismo donde me gustaría “entrarle” al trabajo de Espinosa Guerra, porque para quienes sabemos de su propuesta poética, de su insistencia, esto –“NN”- es fruto, es producto del sudor alegre que destila el trabajo honesto y paciente.
Hace ya algunos años, incluso desde antes de huir de Chile, que el Autor venía trabajando esta temática, la novela “El día que fue ayer” testimonia nuestra referencia. Pero su estilo le impuso dar una respuesta nueva y ahondó sobre dos ejes o tópicos, que son -en definitiva- los que atraviesan su lectura: 1-. La realidad que se plantea desde la sigla “NN” (no identificado, no name; ser sin existencia, prendido en el “vacío” diría Lipovetsky) y, 2-. El cuestionamiento acerca de “la naturaleza del lenguaje”. Y como si fuera poco, su estructura dice relación con una suerte de entrelazamiento de ambos ejes para emitir, de esta manera, la respuesta necesaria.
La relación entre ambas isotopías es la clave del asunto, el cómo se determinan mutuamente. “NN” es la llave de inicio. La imposibilidad de nombrar una realidad debido al horror encerrado en el interior de su cruel transparencia. Quizás justificando esto, sea que ningún poema a lo largo de todo el trazado textual lleve su correspondiente título, y en lugar de ello, signos, letras o números en romano, para denunciar el vacío, la nada. Sin título es sin nombre.
Pero nada en el juego de la vida puede ser un gesto gratuito, el hecho de no nombrar, de no decir y encarar la verdad tal cual es, provocó una trizadura en la manera de ver y sentir las cosas. El lenguaje, las palabras que debían denunciar y esclarecer, fueron silenciadas y vendidas hacia la oficialidad por la dictadura para en-cubrir lo que sucedía. Y esa mudez duró nada menos que casi dos décadas.
Por eso la desconfianza de Espinosa para con el lenguaje.
Y si a esto le sumamos el estado de crisis actual, donde el movimiento de las constantes Reificaciones dieron como resultado un quiebre al interior del mismo signo lingüístico (significado v/s significante), pues ya tenemos la explicación de tanta desazón, de tanta desesperanza acerca de lo que el lenguaje debe y puede hacer en la realidad “real”. Remarco esto, porque estamos en una era en donde la realidad se subdivide en “virtual” y “real”. La dictadura por ejemplo, nos virtualizó las cosas, y desató todo un aparataje comunicacional para vender una versión discursiva que a su vez intentó convencernos a todos. Sólo que la realidad “real” no pudo ser enmascarada ni travestida completamente en el carnaval del neo, post o tardío capitalismo.
El esfuerzo siguiente –entonces- significó estrujar, depurar el lenguaje, hasta hacerlo sangrar, hasta vislumbrar el propio, el límpido lenguaje que sólo la verdad poética puede otorgarnos. De esta manera, Espinosa usa como arma esta palabra poética para emprenderlas contra todo aquello que estuvo demasiado mal. Y la gracia del empeño, es que lo hace desde dentro de la propia matriz, asumiendo las voces de los afectados y sus propias realidades.
Cuando Espinosa señala que el lenguaje no es capaz de nombrar ni de llegar a realidades como la que el mismo brutal “golpe” nos impone, es cuando transmuta las cosas y nos devuelve la otra esperanza, la prístina palabra de la poesía, que pese a todo el desencanto que ventila, nos recuerda que es la “poiesis” la única posibilidad de mantener la frescura en la naturaleza del lenguaje.
En efecto, la crisis, la problemática que se desata en la actualidad en contra del lenguaje es en tanto sistema. La felonía radica en el uso de este sistema, y de cómo las palabras visten, enjoyan un lenguaje oficial, conceptual, que la mayoría de las veces, termina traicionando la realidad “real”.
Esa es la notable certeza que este libro nos entrega.
En el fondo, de muy poco vale denunciar por denunciar tantos años después, cosa que explica el fracaso de tantas buenas intenciones que quisieron reparar todo lo que no se había hecho. En el hoy, había que entregar una respuesta distinta, evolutiva si se quiere.
Habría que decirle a su Autor que de paso está corrigiendo –aunque levemente- a toda la epistemología post-moderna (Jameson, Lyotard, etc, etc.). Pero esto, es sólo el otro comienzo de las cosas.
Por Hugo Quintana,
Editor de Ortiga Ediciones.
Saturday, October 13, 2007
La Consigna del Maestro
A Fernando Román Jiménez.
No es vacío / no es tiempo gastado inútilmente.
Sobre las copas frondosas destos árboles crecerán esperanzas / un nudo para atar las hebras sueltas del destino / o de la ignorancia que consume las buenas intenciones.
El único tesoro es lo que vendrá / aquello que todavía puede escapar al determinismo / al corral que significa la falta de pulcritud que muestra la vida para con estos seres tan solos / tan alejados de la calidez y de la luz.
Pero en cambio / tenemos demasiadas dudas / la paciencia no es lo único que necesitamos: / a menudo agua / y prados / y flores / viajes inimaginables sobre páginas ajadas por las lecturas / una vocecilla dulce que acaricie como el susurro del viento / una bandada de mirlos / tordos / y loicas / un puñado de mariposas para desenredar los cabellos de quienes deseen no confundirse con ideas filosóficas.
Afortunadamente / hay algunos que comienzan a entenderlo / en décadas venideras seremos muchos / y no habrá condena / ni olvido posible / en cambio habrá aire / aire / "aire movido por los labios" (Teillier) / "no para respirarlo / sino para vivirlo" (Rojas).
Hugo Quintana.
Dedicado a todos los Profesores que hacen de su trabajo
un ejercicio de vida...
Feliz 16 de Octubre...
Amigos y Colegas.
Friday, June 29, 2007
Entrevista a Luis Martínez, el hombre detrás de la página de literatura chilena más importante en Internet.
La irrupción de la web en el mundo contemporáneo ha significado muchos cambios, ajustes, re-significaciones, contraestrategias, etc. Así las cosas, en un contexto donde la realidad también se ha virtualizado, la literatura ha tenido que buscar nuevas formas de llegar hasta sus lectores, abandonando el formato que le entregaba el papel, la construcción física de las páginas, la organización en términos de diseño gráfico, la encuadernación, en síntesis, debió dejar de ser tactilmente real, para sobrevivir a la insurgencia de la visualidad en el hipertexto post-moderno.
Las experiencias han sido varias, los esfuerzos muchos, pero pocos pueden ostentar los resultados que muestra la Página del Proyecto Patrimonio, más conocida como la página letras.s5.com; la dimensión, la trascendencia que tiene a nivel de habla en castellano, dentro y fuera del continente, la cantidad de “grandes” de nuestra literatura que se acercan para integrar este inigualable suceso.
Y para no escapar de la realidad en la que se desenvuelve la página, entrevistamos electrónica o virtualmente, si se quiere, al realizador, al hombre que hace posible que este proyecto funcione, siempre con el ánimo de hacer difusión de un trabajo desinteresado (económicamente hablando), aunque sí muy comprometido.
- ¿Quién es Luis Martínez, a qué se dedica y por qué razón surge esta apuesta hacia el mundo literario?
- Laboro como Tecnólogo Médico en una clínica pirula. Hasta hace poco tiempo trabajaba sólo de noche, cumplí 23 años haciendo solamente turnos nocturnos, pero ahora me pasaron a turnos rotativos y el tiempo se me ha vuelto escaso. Tengo dos hijas, la mayor está terminando ingeniería y la menor cursa cuarto año de Derecho en la Chile. Provengo de una familia numerosa (éramos 10 hermanos), en donde reinaban las carencias de todo tipo, ya que vivíamos arrejuntados en una casa mínima, más un par de tías y unos primos. En ese espacio yo descubrí la lectura. Mi papá trabajaba durísimo para alimentar aquel regimiento, pero de alguna manera, los jefes u oficinistas en donde él hacía aseo, nos hacían llegar libros y revistas. Ahí podía yo evadirme y volar, los libros se transformaron en mi tesoro, y por supuesto que leía todo lo que me llegara a las manos. A mi mujer la conozco desde siempre, vivíamos separados por unas cuatro o cinco casas, y jugábamos desde cabros chicos. Un día le estaba contando un cuento de un tipo que vomitaba conejitos, y ella me dijo “ése es de Cortázar”. Teníamos 13 años y desde ahí que no nos separamos más. Ya llevamos 27 años y todavía seguimos compartiendo lecturas.
- ¿Cómo surge el proyecto de hacer una página de literatura en Internet y cómo se financia?
- Apenas aparecieron los Pcs, compré uno para mis hijas, y con lo de Internet me aluciné, quise aprender todo, pues estaba la posibilidad de leer cuanto quisiera. Un tanto frustrado por la escasa y mala información que había sobre literatura chilena, inicié esta página sin ninguna pretensión. No tengo ayuda de ninguna institución, aunque tampoco la he buscado, financio con mi bolsillo el hosting y la búsqueda de material, le dedico todo el tiempo que puedo, pero confieso que me gustaría participar más de lanzamientos y encuentros.
- ¿Podrías dimensionar la cantidad de datos que maneja actualmente la página?
- El sitio de letras.s5.com posee más de 10.000 artículos a la fecha y alrededor de 300 archivos de escritores. La estructura se dio sola, pues tenía que organizar la entrada de los artículos, y a la vez, permitir una rápida consulta por parte de los usuarios. Creo que no fue una buena idea bautizarla como Proyecto Patrimonio, pues muchos piensan que hay alguna institución o empresa detrás, cuando en realidad estoy yo en la pieza en que mi esposa plancha la ropa, en un rincón el Pc, y mis diarios y recortes tirados por todos lados.
- ¿Qué aportes, crees tú, realiza esta página al mundo de la Literatura?
- Creo que lo mejor ha sido comprobar que la página está en sintonía con lo que pasa en la poesía joven, el abrir sin fronteras a poetas en el exterior, sean estos chilenos o de otras nacionalidades. Tal como las apuestas de Poquita Fe, el Billar de Lucrecia, Zurdos, etc., el que entre los poetas jóvenes sea como un referente obligado, que estén interesados en que sus trabajos aparezcan en la página. Me encantaría que este proyecto terminase con la posibilidad de editar en papel, una versión en papel de letras.s5.com, o una editorial en la que pudiera difundir a los “emergentes”, a los sin posibilidades de editar. He comprobado millones de veces que los lectores como yo (siempre me defino como un lector lector y lector), conformamos una especie de fraternidad y que la literatura está por encima de cualquier diferencia.
- ¿Hasta dónde sabes tú ha llegado este proyecto en materia de lectores?
- La página se lee en muchísimos lugares, me escriben desde la India (cuando Zurita viajó hacia allá, conoció a aquel anónimo personaje que me escribe desde ese rincón del mundo), desde China (en donde existe un colaborador que está traduciendo a la Mistral), desde toda Europa y Latinoamérica, Asia, etc.
- ¿Qué cosas importantes te han sucedido a ti, como persona, desde que comenzaste con esta experiencia?
- Yo leí un libro a los 10 años que se llamaba “El Profeta del Sertao” que relataba una tragedia en Canudos, un pueblo de Brasil, la misma historia de “La Guerra del Fin del Mundo” de Vargas Llosa. Una vez me contactó una ensayista que escribía en el New Yorker sobre David Rosenmann Taub. Ella me hablaba de Guimaraes Rosa y de literatura brasilera. De repente descubrí que habíamos leído el mismo libro, yo cuando cabro chico en una pequeña pieza, en Puente Alto, y ella en Nueva York, durante su College. Por fin podía comentar el libro con alguien. Ella había visto desde su departamento el ataque a las torres gemelas, y en el artículo hablaba de que había vivido su propio Canudos.
- ¿Podrías comentarme alguna situación difícil, conflictiva que hayas presenciado a través de la página?
- Quizás si el conflicto más importante se vivió con el foro abierto que mantuve por dos años, y que tuve que cerrar, porque las opiniones y ataques lindaban lo enfermizo y canallesco. Pero también creo que reflejó una cara conocida, pero no asumida en nuestra literatura, y es que todo este ambiente tan agresivo y nocivo que rodea las letras nacionales, no es algo que sea de dominio público. Jamás me he tomado un trago con algún escritor o poeta que no le tire mierda a algún otro de su misma tribu.
Por Hugo Quintana.
Monday, June 04, 2007
La Cuestión de la Poeticidad
Desde hace un par de meses vengo observando en distintas revistas de literatura, sean estas de formato digital o de impresión en papel, una preocupación importante, trascendente en materia de poesía, o más bien, del hacer poesía. Los “neos”, los que bajan desde el árbol de la adolescencia con una preocupación prístina acerca de la voz que desde dentro escuchan y que los llama a enfilar en una ruta escarpada y peligrosa, ¿cómo reconocen su propia “poeticidad”[1], primero, y luego, cómo es que deben iniciar esta dura caminata?, ¿por dónde, hacia dónde deben ir?.
La poesía, desde los más de 3 milenios que la practicamos, tiene siempre en su origen, el mismo cuestionamiento, la misma inquietud. Y son muchos los llamados a opinar con respecto a esta temática, muchos los que sienten el deber de decir sus experiencias, sus apreciaciones en este cuento. Pero -y he ahí la contradicción- lo hacen sin tener en perspectiva más que la propia aparición, el propio reflejo intermitente en una imagen cada vez más oscura y difusa. Muchos, a decir verdad, no entregan los mejores consejos. Y si en materia de consejos estamos, muchos de los que opinan, pues debieran seguir sus respectivas instrucciones al pié de la letra, a fin de mejorar sus producciones, de hacerlas más honestas o decididas, de incendiarlas si es que fuere necesario, o de apagarlas con la humildad de quien calla para reflexionar algo de manera más acabada y responsable.
Y he leído muchos y muchos consejos que me parecen erróneos. No es que esté acusando a mis compañeros de ruta de una probable mala intención, o de pobreza técnica o de espíritu. Lo que sucede más bien, creo, es algo sencillo: nos olvidamos -a menudo- de nuestro propio proceso, olvidamos nuestras viejas inquietudes, y el hecho concreto de que el hacer poesía no es una técnica, ni un conocimiento elevado a la abstracción más pura. De lo que hablamos tan objetivamente, es de intuición, una brújula acerca de la cual se ha desconfiado demasiado, históricamente.
Recuerdo fugazmente la clásica pregunta de un ser inquietante y no muy lúcido que consultaba a los jóvenes poetas, no sé si con buena o mala intención, respecto de cómo es que se llegaba a la certeza de que se era o no un “verdadero poeta”. Aquellas palabras enmarcadas en aquel pedestre cuestionamiento, de por sí, ya nos parecían rancias, y contestábamos con algo de pequeño orgullo e ironía, a la vez que nos mirábamos de reojo con otros, también jóvenes, a propósito de quién sería el primero en abofetear al “zopenco” terminada la sesión.
Todo un golpe en los tobillos, “maletero”, a mansalva. Y desconfiados caminábamos hacia algún bar universitario, sabiendo que desde dentro algo inexplicable hinchaba nuestros pulmones.
Quizás si la mejor recomendación que he recibido en la vida, fue la de alguien honesto que me dio a leer “Cartas a un joven poeta” de Rainer María Rilke. Y no se equivocaba, ya que el viejo Rilke, con el ceño fruncido y una voz jerárquica y seria, nos decía claramente –desde los intersticios de la misma misiva- que debíamos actuar conforme a ese vocativo, haciéndonos una simple pregunta: ¿moriríamos acaso si es que se nos llegase a impedir el hacer escritural?, ¿podríamos dejar de existir si es que, aquello tan hondamente nuestro, se nos fuera negado de ejercer?. La respuesta era la clave del misterio.
Si alguien es capaz de escuchar “ésa voz”, la “voz otra”, o la “otra voz”, como han dicho ya muchos, pues entonces es impensable seguir dudando, y se debe iniciar esto con la fe, con la convicción de quien lo siente y lo escucha claramente. Sólo que esto, es una intuición. Ni más ni menos.
De nada sirve la opinión de otros. Nadie puede decir que se es menos poeta porque se manejan menos lecturas, o porque se tienen menos recursos o contactos como para publicar, aparecer, ser un invitado más en el festín de las letras, en el lugar geográfico que nos encontremos.
¿Cómo explicamos la aparición de un Rubén Darío, de un Fernando Pessoa, de un Jorge Manrique, o de tantos otros en tradiciones literarias que hasta ése minuto preciso, sólo daban muestras de ejemplos precarios, limitados, o poco luminosos?, ¿con el talento?. Me niego a pensar que algo tan subjetivo y al mismo tiempo evidente, sea la clave de toda esta gran fábula que ha sido la poesía.
¿Pero si el talento -que es algo innegable, insisto- es la diferencia entre los sencillamente grandes y el resto de todos nosotros, si ahí radica el otro estatus, entonces qué lugar le asignamos a todos los otros elementos que conforman o configuran lo “verdadero” dentro de ésta poeticidad?. Voy a echar mano a un pequeño préstamo. En teatro se dice que el actor es un 1% de talento, y un 99% de trabajo. En todas las otras artes acontece algo parecido. El signo hecho por un Neandarthal o un Cromagnón, en la tranquilidad de su guarida, no es menos meritorio que la gran estructura trazada por un arquitecto de renombre, porque ambos conforman un mensaje. La diferencia entre ambos gestos es conocimiento y técnica.
¿Qué hacemos, qué buscamos traducir desde el espejo que llevamos a cuestas, para que sea interpretado por los otros?.
Tantas y tan buenas preguntas. Pero en todas respira exactamente lo mismo, una certeza inicial con la cual comenzar en esta ruta de ciegos. Y para eso es que nos defendemos con nuestras lecturas actuales, señalando a autores de moda, o bien, títulos o apellidos de gente tan lejana e irreconocible que sólo aportamos con un poco más de confusión.
¿Cuál es el inicio?, pues para dar la respuesta no hay que ser muy iluminado, porque si los clásicos fueron nuestros orígenes, si consideramos que un árbol se arma desde sus raíces, pues debemos señalar que son ésas mismas nuestras necesidades. Los viejos y queridos clásicos, son parte de lo primero que buscamos exponer. Sólo que con un reparo. Se debe buscar e indagar lo propio también en aquellas lecturas, es decir, nuestras filiaciones, nuestros préstamos, las ideas que por absorción o asociación integraremos a nuestra propia garganta. Y desde ahí, hacia acá, forjarnos una voz, la propia, la auténtica, la reconocida e incuestionable individualidad de tono, de acento, de trazo.
Nunca se debe olvidar que con lo que trabajamos, el material que ocupamos artesanalmente son las palabras, y debemos empaparnos de ellas, de sus percepciones y significados, de sus materialidades y sus secretas músicas, para que podamos conmover el entendimiento de otros. Porque no escribimos para nosotros mismos, insertos estamos en un acto de comunicación. Y por ello, es que integrar y respetar a nuestro lector, aunque sea un lector virtual o ideal, es también una exigencia intrínseca.
Y no descuidar a los compañeros de ruta, se debe leer y dialogar con los contemporáneos, con los actuales, y oír y des-oír lo que ellos tengan que decirnos.
En conclusión, son ambas coordenadas las que deben interesarnos, una mezcla de experiencia y novedad, porque la originalidad absoluta es una utopía que ha consumido a demasiados ilusos. En literatura, los temas, son y han sido siempre los mismos, ¿las modas?, pues también pasan, las formas discursivas alucinantes, que respiran una novedad edénica, pues siempre ceden espacios a otras novedades.
¿Qué es lo que queda entonces?, ¿qué dejamos inscrito para la inmensidad de los tiempos?. La respuesta es nada, absolutamente nada. No escribimos para ganarnos un lugar en ningún Olimpo, no debemos dejarnos tentar por la ambición del semidios, alguien que busca descubrir la pólvora nuevamente. Por el contrario, hemos de hacer nuestro trabajo, a lo que vinimos y ya está. Nada de dramatismos o de profecías a medias. Los “elegidos” siempre se quedan solos, abandonados, encerrados en las paredes su propio egoísmo. Si alguien busca en su vida ser el “vidente”, como dice Rimbaud, pues que se atenga a las consecuencias.
Dos cosas movieron en mí la inquietud de querer expresar algo, un poco, si es que sirve. El hecho de que hay demasiada información paternalista en este cuento, siendo que el mismo Neruda se reía de esto al señalar, en su discurso de la obtención del Nobel, que él no iba a dejar ninguna gota de “falsa sabiduría”, algo así como un manual de uso para iniciados. En cambio quiero acusar recibo de una sentencia de Darío: “que nadie siga mi estela”. Cada cual debe forjar su propio destino. Eso es una responsabilidad, un compromiso previo, el costo de esto que amasamos.
La segunda motivación, dice relación con tener una actitud de vida al respecto. Pero no como uno más de los “malditos”, hoy hay que hacer un trabajo distinto, y eso pocos en esta época lo saben. Tampoco hay que desesperanzarse tan pronto, si no hay publicaciones, bueno éstas ya llegaran, mientras tanto hay que escribir. Conozco a varios muy buenos poetas que nunca han publicado un primer libro, pero sí se han ganado un respeto importante de parte de otros buenos poetas. Eso, a veces, vale, pesa mucho más que un par de artículos o de sobadas de lomo para que lleguemos a sentir que estamos haciendo lo correcto, lo necesario.
Para cerrar este breve ensayo, vuelvo a la vieja y querida pregunta de Hölderlin -uno que fue capaz de tener algo de lucidez en medio de la locura-: “¿y para qué poetas en tiempos de miseria?”. Más de alguna vez he reflexionado en torno a esta interrogante, y todavía más veces esto ha sido planteado también en otros artículos, por otros pensadores, escritores o poetas. El misterio de lo que debemos hacer es siempre una cuestión angustiante dentro de este oficio.
La respuesta es una solución externa-interna, o bien, interna-externa, como me dijera un joven estudiante hace algún tiempo atrás, que padece de esquizofrenia y que además escribe poesía.
El cómo llevamos adelante este trabajo, bueno, eso corre por cuenta de cada cual.
Hugo Quintana Q.
Editor de Ortiga Ediciones.
[1] Colgándonos un poco del concepto de “Literariedad”, propuesto en la teoría literaria y que trata de sintetizar y concentrar el valor literario que un texto dado pueda tener.